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Sábado, 10 de marzo, año 2007 de Nuestro Salvador Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica (Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo) ALABAR A DIOS ES VIVIR De tanto Dios ver a los ángeles alabar y honrar su nombre, a través de los siglos de la antigüedad, entonces pensó por vez primera por el hombre del paraíso. Y cuando Dios pensó en el hombre, no pensó en él, como un ángel más de sus millares de huestes celestiales, sino alguien igual a Él, en su imagen y conforma a su semejanza santa. (Y en éste preciso día, nuestro Dios pensó en ti, mi estimado lector, por amor a su nombre santo.) Para que su nombre sea glorificado aun mucho más que antes, con mayor gloria y con mayor honra infinita en tu vida, llena por siempre de su Hijo amado, en tu corazón. Es por eso, que el hombre de toda la tierra y sus descendientes son muy importantes para nuestro Dios y hasta aun más allá de la muerte. Ya que, Él nos había formado en su corazón santo, lleno del espíritu de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que seamos sus siervos y sus siervas fieles, así como su Hijo amado ha sido fiel para con Él, desde siempre y hasta nuestros días. Por lo tanto, la fidelidad del Señor Jesucristo es tan alta, como ninguna otra, que nuestro Dios jamás la cambiara por la de ningún ángel del cielo ni por la de ningún hombre de la tierra, por ejemplo. Y ha sido así, como nuestro Dios ha creado al hombre y a la mujer en sus manos santas, para que cada uno de ellos y con sus descendientes, en sus millares, en toda su creación, entonces le sea fiel, tan fiel por siempre, como su Árbol de vida, como su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y para cada uno de nosotros ser, como el Señor Jesucristo delante de su presencia sagrada, entonces por nuestros corazones, por nuestras venas y por todos nuestros cuerpos, corporales e espirituales, tiene que correr el espíritu de la sangre viva del sacrificio eterno de Jesucristo, ni más ni menos. El sacrificio sobrenatural, para cumplir la Escritura, el cual se llevo acabo sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en el día de la única crucifixión redentora, en Israel, para ponerle fin a la vida del pecado y la rebelión del hombre. Y así entonces cambiar a la humanidad entera, en aquel hombre y en aquella mujer, uno a uno de todos ellos, de los cuales Dios había creado con sus manos santas y limpias de toda inmundicia, para que le alaben, le conozcan y le sirvan eternamente y para siempre, en su nueva vida infinita del nuevo reino de los cielos. Entonces los cielos, ciertamente, celebrarán gozos, oh Dios nuestro, tus maravillas y tus muchas grandezas de siglos de antaño; y tu fidelidad se manifestara como siempre día y noche en la congregación de los justos, de los que aman tu verdad y tu justicia infinita, para que sus corazones y sus almas sean por siempre edificadas, sólo en tu nombre sagrado. Porque los cielos son creación de tu palabra, por tanto, te adoraran como siempre, desde la eternidad y hasta la eternidad, en el corazón de ángeles, y así también de hombres, mujeres, niños y niñas, del espíritu de la fe, de la sangre de tu "Cordero Escogido", el único Santo de Israel y de la humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo! Ya que, los cielos anuncian día y noche de las grandezas inescrutables de tu palabra sobrenatural y toda poderosa, también, oh Dios nuestro, para que todos conozcan que sólo tú eres el Soberano del cielo y de sus profundas inmensidades y con todas sus cosas, de las que se ven y de las que no (se ven). Porque si no fuera por el poder sobrenatural de tu palabra, oh Señor nuestro, entonces los cielos saben muy bien que no podrían existir jamás; en verdad, todo fuese un vacío y silencio inmenso sin vida alguna ni nada de nada, en su inmensidad. Entonces los cielos por siempre te rinden gracia y honra a tu palabra viva y a tu nombre santo, por tu poder y por tu grandeza infinita, como Dios y Creador del paraíso y de toda la tierra, también, para que el hombre viva y conozca más de ti, a través de tu gran firmamento de gran envergadura, por ejemplo. Y todo este conocimiento celestial es manifestado sólo en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, de entre los que verdaderamente te aman, en el espíritu y en la verdad viviente del espíritu y de la sangre de vida y de salud eterna de tu Árbol Viviente, tu Hijo, oh Dios, ¡el Señor Jesucristo! Por cuanto, la verdad es que toda la creación ama a su Dios y Creador de todas sus cosas, como, pléyades, constelaciones, planetas con sus lunas, Vía láctea, nebulosidades de colores fenomenales de materias interestelares, galaxias y sus millares de estrellas, en su inmensa bóveda celestial, de las que se ven y de las que no (se ven), también. Y hasta que ese día del SEÑOR llegue, entonces toda la creación ha de seguir llorando con gemidos indecibles delante de su presencia, para ser liberado del poder del espíritu de error y de maldad del pecado de Lucifer, en el corazón de cada uno de sus seres amados, ángeles y hombres, mujeres, niños y niñas, de la humanidad entera. Porque también todos los cielos claman por la justicia de Dios, con gemidos y lagrimas, ya que Lucifer les ha hecho tanto daño con su pecado y con su presencia abominable en las alturas, para pecar no sólo en contra de su Creador, sino también de todas las cosas celestiales del más allá. Por ello, el espíritu de la sangre bendita, del pacto eterno de Dios y del hombre, es muy importante para que esté en el cielo y por toda la tierra, también, para limpiar y liberar al hombre con todas sus cosas, de los poderes de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos del más allá, por ejemplo. Pues el espíritu de fe, de la sangre bendita del Señor Jesucristo, no sólo libera al hombre de su pecado y de su muerte eterna, en la tierra y en el más allá, también, como en el infierno o como en el lago de fuego, sino también a los cielos y a sus cosas de las alturas eternas de Dios. De las alturas del más allá del cielo, como de los primeros días de la antigüedad, por ejemplo, en donde nuestro Dios y su Árbol de vida eterna siempre han habitado, en perfecta armonía con las cosas y con su Espíritu Santo, rodeado de sus ángeles, alabando y honrado día y noche el nombre glorioso de nuestro Dios Eterno. Por esta razón, los cielos han de celebrar por siempre la gloria infinita de la palabra creadora de nuestro Dios y de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, en el corazón de los ángeles y así también en el corazón de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera. Porque todo esto es gloria tras gloria, levantadas desde nuestros corazones, por los cielos y todas sus cosas universales, y aun hasta más allá del cielo más alto del reino de los ángeles, por ejemplo, para exaltar aun mucho más que antes el nombre sagrado de nuestro Dios y de nuestro salvador eterno, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Entonces si los cielos y las tierras lejanas alaban las muchas grandezas de nuestro Dios, pues, nosotros también, desde hoy mismo y por siempre, en nuestra tierra y en la eternidad venidera, también. Porque para esto nuestro Padre Celestial nos ha creado, por los poderes sobrenaturales de su Espíritu Santo, para que vivamos debajo de sus cielos y glorifiquemos por siempre los poderes eternos de su nombre santo y de sus muchas obras del cielo, en nuestros corazones y en nuestros espíritus humanos, también, para la eternidad venidera de su nuevo reino celestial. TODO LO QUE TENGA ALIENTO DEBE ALABAR EL NOMBRE DE DIOS Por eso: ¡Todo lo que respira alabe a nuestro Padre Celestial, de los que están en los cielos, y de los que habitan en toda la tierra, también, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, ¡aleluya, amén! Y el que le alabe a nuestro Dios, entonces hágalo de todo corazón, también, en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Cristo de Israel y de la humanidad entera. Porque nuestro Dios no puede ser engañado ni menos burlado por nadie jamás, en esta vida ni en la venidera tampoco, de su nuevo reino celestial. Además, porque sólo nuestro Dios es digno de nuestra alabanza y de nuestra gloria eterna, en nuestros corazones y en nuestras vidas humanas por toda la tierra, y hasta que volvamos a nuestros hogares eternos en el paraíso o el nuevo reino de los cielos, por ejemplo, como su gran ciudad celestial: La Gran Jerusalén Santa e Infinita del cielo. Porque para esto nuestro Dios nos ha creado en sus manos limpias, honradas y eternamente sagradas, para que le honremos por siempre, en los poderes sobrenaturales de su nombre y de su palabra viva, en esta tierra y en la venidera también, como en su nuevo reino celestial del cielo. En donde sólo habita el espíritu de alabanza de gloria y de honra eterna para nuestro Dios y para el Señor Jesucristo, para por siempre sólo vivir en el espíritu de la verdad y de la justicia infinita. Y así jamás volver a ser tocados por el mal del pecado o de la muerte eterna, de Lucifer y de sus ángeles caídos. Porque así como los seres santos del cielo, como ángeles, arcángeles, serafines, querubines y de más seres celestiales, cada vez que respiran, alaban y honran el nombre del Señor Jesucristo, pues así también nuestro Dios desea que todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, le honre por siempre a Él, en el paraíso y en la tierra. Puesto que, es muy importante que el corazón del hombre le alabe y le honre en el nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para callar las bocas de cada una de las profundas tinieblas de la gente de la mentira eterna, de la tierra y del más allá, también, como del mundo de los muertos. Ó como a Lucifer y a cada uno de sus millares de ángeles caídos, por ejemplo, que han deshonrado el nombre del Señor Jesucristo en los cielos, en el paraíso y por toda la tierra, con sus labios, como en el día de su rebelión, en contra de Dios y de su vida sagrada y celestial del cielo, por ejemplo. Es por eso, que cada vez que un pecador (o una pecadora), por ejemplo, se arrepiente de sus pecados delante de la presencia sagrada de nuestro Padre Celestial, en el nombre bendito de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, entonces los ángeles del cielo se gozan grandemente en sus corazones santos, y comienzan una fiesta celestial que nunca termina. Porque la verdad es que cada vez que un hombre, mujer, niño o niña, recibe en su corazón el nombre piadoso del Señor Jesucristo, entonces empieza una gran fiesta en el nombre de esa persona, que ha recibido su perdón y su salvación celestial, para nunca jamás terminar de celebrar en todos los días de su nueva vida celestial. Y esto ha sido siempre así, desde el día que Dios crea al hombre, y decide de todo corazón perdonar su pecado: si tan sólo come y bebe de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo. Como Adán y Eva, por ejemplo, ya sea que comiesen y bebiesen del fruto de su vida eterna, en el paraíso o en la tierra (a nuestro Dios le da igual, en donde sea que el hombre coma y beba de su salvación eterna. El asunto es que lo haga ya, en un segundo de fe y de amor a su Dios y salvador de su vida, el Señor Jesucristo, su única verdadera salida de la tierra y, a la vez, su único camino y entrada al cielo). Es por eso, que Adán y Eva se perdieron en el paraíso, por comer del fruto prohibido, desobedeciendo inconvenientemente el primer mandamiento del cielo, de sólo vivir día a día y por siempre, en la eternidad venidera, sólo del fruto del Árbol de la vida eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y así también se pierde el hombre de la tierra, en la tierra, de todos los tiempos, cada vez que no come o bebe del fruto de vida, sino de Lucifer, del fruto prohibido de la mentira, por ejemplo; en vez, de obedecer el llamado, el mandato indestructible e incesante del paraíso, de sólo comer y de beber de Cristo, siempre. Pero, sin embargo, cuando Adán y Eva vivían en la tierra, y comieron y bebieron del fruto de vida de su Árbol Viviente, entonces Dios los redimió de la misma manera (y con el mismo amor eterno), ni más ni menos, por el cual los iba a redimir a ambos y a su descendencia, también, en el paraíso, por ejemplo. Porque para Dios el hombre o la mujer que no ha comido y bebido de su fruto de vida eterna, el Señor Jesucristo, ya sea en el paraíso o en la tierra, entonces no podrá vivir por Él, ni menos alabar y honrar su nombre santo, con verdadera justicia y con verdad infinita en su corazón, eternamente y para siempre. Y esto es muerte eterna, para cualquier hombre o mujer en toda la creación. Porque jamás ningún ángel del cielo, u hombre de la tierra, verdaderamente, ha alabado y ha honrado a su Dios, sin Cristo en su corazón, primero. Porque ésta es una ley, protocolo, autoridad, inquebrantable del cielo y de toda la vida, para todos, grandes y pequeños por igual, entre los hombres del mundo y los ángeles del cielo. Además, nuestro Dios no ha creado a ninguno de sus seres santos, como a Adán y a cada uno de sus descendientes, por ejemplo, para que mueran y no alaben ni honren su nombre santo, en sus corazones y en sus almas eternas, también, sino todo lo contrario. Nuestro Padre Celestial crea a Adán primero y luego a cada uno de sus descendientes, comenzando con Eva, por ejemplo, para que le alaben y le honren eternamente y para siempre, en sus vidas celestiales y en sus vidas terrenales; pero primero tenían que comer y beber de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, su único Árbol de vida perfecta. De otra manera, no podrían jamás amarle y conocerle de verdad, como sólo su Hijo amado le puede amar y conocer a Él, en ese espíritu de verdad y de justicia infinita de la vida sagrada del cielo, como del paraíso o como del nuevo reino infinito, por ejemplo, sino que serian cada uno de ellos eternamente rebeldes ante Él. Y nuestro Dios no ha creado en sus manos santas unos seres dignos de tanta santidad y de tanto amor infinito, como a Él mismo, para que no vivan por Él, y le amen sólo a Él, por medio del espíritu de la sangre, de su Hijo, el Señor Jesucristo, en el paraíso y en toda la tierra, por ejemplo. Sino que la verdad es que nuestro Dios nos ha creado tanto a ángeles, como a hombres y mujeres del paraíso y de la tierra, para vivir su vida santa y honrarle por siempre, en el espíritu de amor y de verdad infinita sólo del Señor Jesucristo, para que las profundas tinieblas entonces dejen de existir ya, eternamente y para siempre. Dado que, si el hombre o la mujer de la tierra no recibe en su corazón el nombre sagrado de su Hijo amado, entonces no ha comido ni ha bebido jamás de su fruto de vida eterna, del Árbol de la vida, como Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo. Y esto es rebelión a su palabra y muerte eterna, a la vez, para ángeles y así también para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, en el paraíso y por toda la tierra, también, sin jamás hacer excepción de nadie, sea ángel del cielo u hombre de la tierra. Y nuestro Dios no nos quiere muertos, sino vivos, para que seamos una fuerza viva de gloria y de honra infinita para Él y para su nombre sagrado, el de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en el paraíso y por toda la tierra y hasta aun más allá del resto de su inmensa creación, también, por ejemplo. Porque los muertos no alaban ni menos le traen gloria y honra a su nombre, en la tierra ni menos en el más allá, tampoco, pero los vivos sí; pues, por muy pequeña que sea la persona, aun así la gloria sube de su corazón humano, hacia la eternidad de Dios en el cielo, cada día que pasa en la tierra. En realidad, los vivos son todos aquellos que han vuelto a nacer no del espíritu y de la carne de sus progenitores, de sus padres biológicos o de Adán y Eva, por ejemplo, sino del espíritu y de la carne sagrada del "Cordero Escogido de Dios", ¡el Señor Jesucristo! Porque ningún espíritu ni carne humana podrá jamás entrar en el cielo y ver la vida eterna, con sus ojos y corazón manchados por la mentira del pecado. Por lo tanto, el espíritu del hombre es rebelde a su Dios y al nombre sagrado de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en su corazón y en toda su alma viviente, también, por pecado y por la naturaleza propia de Adán, desde los días del paraíso y hasta nuestros días, también, por ejemplo. Pero nuestro Padre Celestial ha cambiado todo esto, en la vida de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, si tan sólo cree en su corazón y así confiesa con sus labios: el nombre sagrado de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo!, para perdón de pecados y para recibir la bendición infinita de la única vida del cielo. Porque sólo en creer y así confesar, el nombre sagrado del Señor Jesucristo, es que realmente se está alabando el nombre sagrado de nuestro Padre Celestial que está en los cielos. Y esto es medicina, salud y bendición tras bendición en su vida en la tierra, y así también en el paraíso por los siglos de los siglos, en la nueva eternidad venidera del nuevo reino de Dios, en el más allá. De otra manera, por más que lo intentemos, realmente, jamás podremos alabar y honrar a nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos, como debe ser, sino que seremos eternamente y para siempre: ciegos y mudos delante de Él, entre las llamas ardientes del fuego eterno, del mundo de los muertos, el infierno. Y porque el Señor Jesucristo no vive en nuestros corazones y en nuestros espíritus humanos, como debe de ser desde el comienzo, pues entonces, no le podremos jamás hablar ni menos amarle a Él, a nuestro Creador y Padre Celestial, en ese espíritu y en esa verdad celestial, de su Árbol de vida infinita, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Es por eso, que Lucifer nos odia tanto, como a nuestro Dios mismo y como a su Espíritu Santo, y hasta el punto que nos quiere matar día y noche, si tan sólo le fuese posible a él hacerlo así con sus propias manos pecadoras, sin que Cristo se interponga delante de su mal eterno, en contra de nosotros. Pero Lucifer no podrá hacernos ningún mal jamás, porque nuestro salvador ya lo venció, en el día que fue clavado a los arboles secos y sin vida de Adán y Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, para ponerle fin a su pecado, con la autoridad y el poder sanador de la sangre inmortal. Y así también para ponerle fin a su misma vida pecadora, en todo pecador y en toda pecadora de la humanidad entera, para que el ángel de la muerte muera, no tanto por que el Señor Jesucristo le tenga que matar con sus propias manos, sino por mayor razón aun. Porque todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, ha de ser redimido de todos sus pecados, por lo tanto, ya no tiene que morir jamás su cuerpo ni su corazón ni menos su alma infinita, en la tierra ni menos en el más allá, como en el Infierno o como en el lago de fuego, por ejemplo. Porque la verdad es que todo pecado le será perdonado al hombre, por amor a Jesucristo. Entonces el ángel de la muerte ha de morir, en su día de su muerte eterna, porque ya no hay muerte alguna, en la tierra ni en el más allá, tampoco, para siempre, con todo hombre, mujer, niño o niña de la humanidad entera. Y cuando el ángel de la muerte vea que nadie muere ya más, entonces finalmente se morirá a si mismo, para siempre, para jamás volver a existir en toda la nueva creación, de nuestro Dios y de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Entonces la muerte del ángel de la muerte ha de ser como cuando uno muere por falta de agua o de comida, por ejemplo, pues, para el ángel de la muerte, la muerte de los demás es su comida y su bebida, para seguir viviendo. Es por eso, que cuando el espíritu del nombre y de la sangre del Árbol Viviente, el Señor Jesucristo, llene cada corazón de los hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra, entonces ya no habrá tinieblas ni más muerte, sino sólo habrá luz y vida eterna, en la tierra y en el paraíso, también, eternamente y para siempre. Por ello, el último día del Ángel de la muerte habrá llegado a su día final, pues, morirá en aquel día la muerte, por hambre y de sed, por falta de la muerte de los demás, en toda la creación celestial y terrenal; realmente la luz de la gloria de Cristo terminara con el ángel de la muerte para siempre. Entonces damos gracias a nuestro Dios y a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, porque la muerte ha de morir en su día, sin pasar ni un segundo más, para jamás volver a existir en toda la nueva creación de Dios y de su nueva y flamante humanidad de todas las naciones, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos inmortales. EL SACRIFICIO DE ACCIÓN DE GRACIAS HONRA A SU CREADOR Entonces el que ofrece sacrificio de acción de gracias en su corazón suplicante, ha de ser porque está vivo y no muerto, por lo tanto, glorificará a nuestro Padre Celestial que está en los cielos, por amor a su nombre santo y a su Hijo amado con su gran salvación infinita, ¡el Señor Jesucristo! Y, además, el que ordene su camino, entonces nuestro Dios mismo le mostrara la salvación infinita de su alma, en esta vida y en la venidera, también, para comenzar a vivir desde ya, su nueva vida celestial, la misma vida que nuestro Señor Jesucristo se la arrebato a Lucifer, en el día de su resurrección de entre los muertos, por ejemplo. Porque en el Tercer Día, cuando nuestro salvador se levanta gloriosamente de entre los muertos, desde el corazón del mudo, hasta traspasar el mismo corazón del cielo más alto que el reino de los ángeles, entonces le arrebato la vida eterna (y cada una de las ricas bendiciones) que Lucifer le había robado a Adán por engaño, en el paraíso. Y esta es la vida eterna, la cual nos ha de llevar al cielo, de regreso a la tierra de nuestros primeros pasos, en el más allá, en el paraíso de nuestros primeros padres eternos y celestiales, Adán y Eva, para jamás volver a vivir la vida de pecado y de rebelión al nombre sagrado de Dios, ¡el Señor Jesucristo! Ahora, cada uno de nosotros, de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, no sólo ha recobrado la vida eterna de Adán en el paraíso, por ejemplo, con cada una de sus más ricas y gloriosas bendiciones del cielo, sino que esta vez gozamos de la misma vida de Dios y de su Hijo, ¡el Señor Jesucristo! Porque en el día que el Señor Jesucristo deja correr su sangre santa de su corazón y por las venas de su cuerpo, entonces no sólo toca los árboles cruzados secos y sin vida de Adán y Eva, sobre la cima de la roca eterna, sino que también a cada uno de nosotros, en toda la vida de la tierra. Y esto es, verdad, hoy en día en todos los descendientes de Adán, en todos los lugares de la tierra, para darnos vida en abundancia en nuestras vidas y así también en el paraíso, para que entonces nosotros comencemos a amarle a Él, a nuestro Dios, y a su Espíritu Santo, en nuestros corazones y en nuestras almas eternas, también. Pero esto ha de ser así, en cada uno de nosotros, en nuestros corazones y en nuestras almas eternas, con grandes alabanzas de gloria y de honra infinita de nuestras vidas terrenales de hoy y celestiales, también, del nuevo reino de Dios, como en el paraíso o como en su nueva ciudad celestial, si sólo le somos fieles a Jesucristo. Además, esta es una verdad eterna para todos nosotros, desde el día de la resurrección, en la vida eterna de su Hijo amado y de su nuevo reino naciente, para los ángeles y para su nueva humanidad inmortal, en La Gran Jerusalén Santa e Infinita del Gran Rey Mesías de Israel y de las naciones, ¡el Señor Jesucristo! También, toda esta gran bendición de vida eterna de nuestro Dios y de su Árbol de vida, ha de ser realmente para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, de hoy y de siempre, sin que nadie jamás pierda ninguna de sus más ricas y gloriosas bendiciones de la tierra y del paraíso, eternamente y para siempre. Es decir, de todos ellos, de hoy y de siempre, de todas las familias, razas, pueblos, tribus y reinos, que tan sólo crean en sus corazones y así alaben al Creador de sus vidas, a pesar de la presencia terrible de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus secuaces, para honrarle y exaltarle como nunca antes y por siempre. Es decir, alabar y honrar a nuestro Dios día y noche en nuestros corazones y en nuestros espíritus humanos, como los ángeles del cielo lo han hecho desde siempre, por ejemplo, para entonces nosotros aprender a vivir de nuevo en el cielo, pero esta vez, con mayor gloria que antes, como con las glorias obtenidas del Señor Jesucristo en Israel. Pues, dándole gloria y honra a su nombre santo, aun con mayor gloria infinita que los ángeles del cielo, en el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, entonces hemos de aprender a vivir de verdad, para la eternidad, para servir, para alabar y para honrar a nuestro Creador, desde hoy y eternamente y para siempre. Y sólo entonces cada uno de nosotros ha de comenzar a vivir su vida celestial y sobrenatural, por la cual, nuestro Dios nos crea en su corazón, en su mente, en su espíritu y en las fuerzas eternas y sobrenaturales de sus manos, para entonces nosotros amarle sin conocerle, por el espíritu de la fe, de su nombre santo. Y sólo así entonces luego amarle conociéndole, por su Espíritu Santo; pero esta vez, conociéndole en perfecta santidad celestial, sólo como su Hijo le conoce profundamente, en su corazón y en toda su vida celestial, desde la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. Porque sólo el Señor Jesucristo conoce a nuestro Padre Celestial en su espíritu de la fe viva, de su nombre eternamente sagrado y honrado, en los cielos y por toda la tierra, también, en los corazones de los hombres, mujeres, niños y niñas, de buena fe y de buena voluntad para con su Dios y Creador de sus vidas. Por lo tanto, sólo entonces podremos realmente ofrendar nuestras vidas verdaderas del paraíso, conociendo a nuestro Dios como sólo su Hijo le conoce en su Espíritu de vida eterna, las cuales jamás habíamos conocido antes sin Cristo, en su perfecto amor a nuestro Creador y Padre Celestial de nuestras almas redimidas por la sangre de su "Cordero Escogido". Y desde aquel día en adelante, sólo el espíritu de la felicidad vivirá en nuestros corazones y en nuestros cuerpos corporales e espirituales, porque todos viviremos la vida real del cielo eternamente y para siempre. Ya que, hemos sido llamados por nuestro Dios, desde la fundación del cielo y de la tierra, para ser sus reyes y sacerdotes en toda su nueva creación celestial, de la nueva eternidad venidera del más allá. Pues ahora si podemos realmente ofrendar nuestras vidas y nuestras alabanzas de gloria y de honra eterna a nuestro Padre Celestial que está sentado en su trono de gran gloria y de gran honra infinita, en el más allá, eternamente y para siempre, porque seremos por siempre, para lo que él nos creo: reyes y sacerdotes para su gloria eterna. Por lo tanto, la ofrenda de nuestras vidas del paraíso ha de ser verdadera y justa para nuestro Dios Eterno, para siempre. Porque sólo el Señor Jesucristo es la ofrenda y la alabanza perfecta del corazón y de los labios de los ángeles del cielo, y así también de todo hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra, en esta vida y en la venidera, también, en el nuevo reino de los cielos, para el nombre sagrado de nuestro Padre Celestial. Por esta razón, el que le ofrece alabanzas a su Dios y Creador de su vida, por medio del Señor Jesucristo, entonces le ha de estar glorificando eternamente y para siempre, en su corazón y en toda su vida terrenal y celestial, también, para la eternidad venidera, en el nuevo reino del cielo. Por eso, el que le alaba de todo corazón, en el nombre sagrado de su Hijo, entonces Dios mismo le ha de mostrar su salvación perfecta de su alma y de su nueva vida, para que la vea y la conozca, como sólo Él mismo la puede conocer, en la tierra y en el paraíso, también, eternamente y para siempre. Entonces mi estimado hermano y mi estimada hermana si has estado oyendo, de la palabra y del nombre del Señor Jesucristo, es porque ya es tiempo de que le comiences a honrar y a exaltar, como tu Dios y como tu único Creador de tu vida, y no ser rebelde en tu corazón, como Adán y Eva, por ejemplo. Porque es Dios mismo quien llama al corazón y al espíritu del hombre, para que le comience a amar y así también a conocerle, como a su Dios y único salvador de su vida, en esta vida y en la venidera, también, como en el nuevo reino celestial de su nueva ciudad infinita: La Jerusalén Santa y Perfecta del cielo. Y el que oye al Espíritu Santo llamarle, lo ha de estar haciendo en el espíritu vivo del nombre sagrado de su Hijo, el Señor Jesucristo, para que se acerque, al trono de la gracia y de la infinita misericordia de su Dios y Creador de su vida, para que se reconcilie con Él y entonces comience a servirle ya. Ya que, no es justo que el Creador de su vida, quien realmente lo ha llamado desde las profundas tinieblas de la tierra, para perdonarle sus pecados y limpiar su corazón y su alma, de toda mancha de las mentiras eternas de Lucifer, entonces tenga que esperar más por su gloria y por su honra debida a su nombre santo. Realmente, nuestro Dios ya no quiere esperar más (de lo que ya ha esperado), para que el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña, entonces le entregue la gloria debida a su nombre santo, desde su corazón, lleno de Cristo, como debió de ser así, desde el comienzo, con Adán en el paraíso, por ejemplo. Es por eso, que la palabra y el nombre del Señor Jesucristo son predicados día y noche, en todos los lugares de la tierra, para que éste mensaje de verdad de justicia infinita llegue ya al corazón y a la vida de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, para que vivan de verdad sus vidas reales. Para que entonces cada uno de ellos, en sus millares, comience su corazón eterno y su alma viviente a servirle a su Dios y Creador de su vida, por medio de la fe única, del nombre sagrado de su Árbol de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo! Puesto que ésta es la vida del cielo y de la tierra, que Dios siempre ha soñado a través de los tiempos y hasta nuestros días, por ejemplo, la misma vida de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en los ángeles y así también, en cada hombre, mujer, niño y niña de toda la tierra. Porque mejor vida que ésta, en el cielo y en la tierra, no existe, para Dios, para su Espíritu Santo y para cada uno de sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del cielo; es más, cada uno de ellos es (o tiene) la vida misma del Señor Jesucristo, desde su formación y hasta siempre, en la eternidad. En vista de que, sólo el Hijo amado de Dios, el Señor Jesucristo, es la vida eterna de todo ser creado y, a la vez, en efecto el único posible salvador de Israel y de las naciones, ¡el Cristo de nuestra era presente y de la nueva eternidad venidera del nuevo reino de los cielos! Por lo tanto, el que ofrece sacrificios de alabanza y de gracia a su Dios y Creador de su vida, en el espíritu del nombre y de la sangre santísima del pacto eterno, entre Dios y el hombre de la tierra, el Señor Jesucristo, entonces verdaderamente está glorificando a su Dios y Creador de su nueva vida eterna. Y esto ha de ser con él (o con ella) de la misma manera, por ejemplo, como el Señor Jesucristo lo ha hecho desde siempre, en el paraíso y en Israel, también, y luego de nuevo en la vida nueva del nuevo reino de los cielos, de Dios y de su Espíritu Santo y de sus huestes celestiales, en el más allá. Porque en la nueva vida infinita de Dios y de sus huestes celestiales y de su humanidad entera, entonces todos, ángeles del cielo y hombres del paraíso, han de seguir honrando y glorificando eternamente y para siempre, por medio del Señor Jesucristo, a su Dios y Creador de sus nuevas vidas infinitas del cielo. DEN GRACIAS A DIOS POR SU BONDAD, PARA CON LOS HOMBRES Por lo tanto, denle gracias a su Dios y Creador de sus vidas, día y noche en sus corazones y en sus almas redimidas, desde hoy, por el espíritu de la sangre viviente del Señor Jesucristo; pues, por su misericordia y por sus maravillas viven aun, cada uno de ustedes, de todos los hijos del hombre de la humanidad entera. Si, alaben a su Dios y Creador de sus vidas, desde sus corazones y con sus labios, porque nuestro Dios los oye muy bien en el cielo, para que su misericordia y su gracia se engrandezcan en sus vidas y en la vida de los suyos, también, en toda la tierra, y así jamás les falte ningún bien del cielo. Entonces alaben su nombre santo, con mucho amor en sus corazones, por amor a la vida sagrada de su Hijo amado, el Señor Jesucristo; pues si, háganlo así y de todo corazón, también, alábenle; alábenle, porque nuestro Padre Celestial es bueno para con sus hijos e hijas de su nombre sagrado, en la vida gloriosa de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Nuestro Señor Jesucristo es quien realmente ha vencido la mentira de Lucifer, para bien eterno de muchos y, a la vez, ha ascendido muy en alto del cielo, aun más alto que el reino de los ángeles, para sentarse gloriosamente al lado de nuestro Dios, en el trono de la gracia y de la misericordia infinita, de su gran reino celestial. Y desde ahí, delante de Dios y de sus ángeles, entonces intercede día y noche, como sumo pontífice celestial, por cada uno de nosotros, aun todavía como en la cruz con su propia sangre inmolada, para bien de los que hemos creído en Él y en su obra llevada acabo sobre el altar eterno de Dios, para perdonarnos nuestros pecados. Y así finalmente llenar nuestras vidas de vida y de salud eterna, con su Espíritu Divino y con los poderes y autoridades sobrenaturales de su nombre sagrado, también, en el paraíso y en todos los lugares de la tierra, para que ninguna mentira ya no reine en nosotros, sino sólo la verdad del cielo. Pues a nuestro Dios le damos la gloria y la honra debida a su nombre santo, en nuestros corazones y en nuestras vidas día y noche y por siempre en la tierra y hasta al fin entrar de lleno, a la vida eterna del nuevo reino celestial e infinito, como en La Nueva Jerusalén Santa e Infinita del cielo. Y debemos de comenzar a aprender a alabarle y a honrarle a Él, a nuestro Dios y Creador de nuestras vidas, en la tierra y en el paraíso, también, como los ángeles, por ejemplo, porque en el cielo vamos a continuar haciéndolo así, día y noche y por los siglos de los siglos, en la nueva eternidad venidera. Porque en la nueva eternidad venidera, no haremos nada más que tan sólo alabar y honrar a Dios con nuestro corazón, para alcanzar nuevas glorias y santidades jamás alcanzadas por los ángeles ni por los hombres, desde la antigüedad y hasta nuestros días, salvo el Señor Jesucristo en su triunfo sobrenatural, en contra de la mentira y de su muerte eterna. Por esta razón, los ángeles del cielo siempre le han dado gracias, por la gracia y muchas misericordias que nuestro Dios y su Árbol de vida eterna, no sólo han manifestado hacia ellos, sino también sobre los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, comenzando en el paraíso con Adán, y hasta la tierra de nuestros días, también. Pues, de igual forma, nosotros tenemos que darle gracias a Dios por su amor, por su gracia y por su misericordia infinita, manifestada a cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la humanidad entera, desde la antigüedad y hasta nuestros tiempos, por ejemplo. Porque es necesario que nuestro corazón sea agradecido para con nuestro Dios y para con su Hijo amado, el Señor Jesucristo, por todo lo que han hecho por nosotros, con los poderes sobrenaturales de los dones del Espíritu Santo, en el cielo y en la tierra escogida de Israel, también. Y esto es realmente por rescatarnos a cada uno de nosotros, comenzando con Adán, por ejemplo, del polvo de la tierra y, de repente, hacernos hombres, mujeres, niños y niñas del bien infinito de su Espíritu, para servirle sólo a Él, como nuestro Dios y Creador de nuestras vidas, en la tierra y en el cielo, eternamente y para siempre. Y si no le agradecemos a nuestro Dios, por todo su bien para con nosotros, entonces Él se sentiría adolorido por nuestro mal proceder hacia Él y por nuestra indiferencia eterna, por todo lo que ha hecho y ha luchado día y noche, por redimirnos del domino de Lucifer y del mal eterno, de la muerte infinita del más allá. Y esto es realmente como la muerte del infierno o del lago de fuego, por ejemplo, en donde nadie jamás volverá a ver la vida eterna, de Dios ni la de su Árbol de vida, el Señor Jesucristo, sino sólo la destrucción de su vida poco a poco la vera, consumida por las llamas del juicio, hasta que no quede nada. Porque tanto, como en el cielo y así también en todos los lugares del mundo entero, sólo hay una vida para los ángeles del cielo y para los hombres de la tierra: Y ésta vida es sólo la de Dios y la de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por eso, cualquier otra vida que no sea la del Señor Jesucristo, entonces no es vida, sino otra cosa falsa y hasta mortal, también, como la vida del árbol de la ciencia del bien y del mal, por ejemplo, en la vida de Adán y de sus descendientes en toda la creación.. Es decir, que en la vida que Dios ha creado a los ángeles primero, ha sido realmente la misma vida de su Hijo amado, su Árbol de vida eterna, en la cual ha creado a todo ser santo del cielo, en sus diferentes rangos, grandeza, poderes de autoridad, sabiduría y de gloria infinita, por ejemplo. Pues así también con Adán, en el día de su creación, del fango de la tierra, el Señor Jesucristo, su único Árbol de vida eterna, en el paraíso y para todos los días de su nueva vida, en su nuevo lugar infinito, como en el paraíso o como en La Nueva Jerusalén Infinita del cielo y del nuevo reino celestial. Y es aquí, en donde el hombre y la mujer redimidos por el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo, como Adán y Eva, por ejemplo, han de alabar y de honrar eternamente, el nombre de Dios y de su Espíritu Santo, por los siglos de los siglos, sin cansarse de alcanzar tanta gloria como nunca alcanzada por los ángeles. Amén. Además, esta alabanza y adoración hacia nuestro Creador de nuestras almas y de nuestras nuevas vidas eternas, el Señor Jesucristo, tiene que comenzar ya, como desde hoy mismo, por ejemplo, en tu corazón y en tu alma eterna viviente, mi estimado hermano y mi estimada hermana, para que entres a la vida celestial y goces de sus beneficios infinitos, también. Porque los únicos que no alaban, ni menos buscan la gloria de nuestro Dios y de su Jesucristo, es Lucifer y cada uno de sus ángeles caídos, juntos con la gente de la mentira y del mal eterno de toda la tierra, de nuestros días y de los que están en el bajo mundo, también, como el infierno, por ejemplo. Y nuestro Dios no desea que tú seas jamás ninguno de ellos, de los que están rebeldes en la tierra, y de los que están muertos debajo de la tierra, como en el abismo o el mundo bajo de los muertos, en el infierno eterno y violentamente candentes del más allá. Por eso, el espíritu de la alabanza y de la gloria de nuestro Dios te llama, como siempre ha llamado al ángel del cielo y al hombre del paraíso y de la tierra, también, para que le sirvan a Él, en el espíritu y en la verdad de la sangre del pacto eterno, de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo en la vida sagrada, de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo, es que realmente hay vida para Adán y para cada uno de sus descendientes, por ejemplo, como hoy en día contigo y con cada uno de los tuyos, también, mi estimado hermano y mi estimada hermana, en todos los lugares de la tierra. Y fuera de la vida de Cristo no hay alabanza ni honra alguna para la vida del hombre, sino sólo destrucción y muerte eterna, en al tierra y en el más allá, también, como en el infierno, el mundo de los espíritus y de las almas perdidas de los ángeles y de los pecadores de toda la tierra. Espíritus angelicales y corazones perdidos eternamente y para siempre, de los que no conocerán jamás en sus espíritus y en todo lo que hayan sido sus vidas: el adorar, el honrar, y el exaltar día y noche en el reino de los cielos, a su Dios y Creador de sus vidas, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! Entonces alabemos a nuestro Dios, en el espíritu de la vida sagrada y de la resurrección gloriosa del Señor Jesucristo, de entre la humanidad entera, que se encontraba ciega y perdida, sin fe y sin salvación alguna para sus hijos e hijas de las naciones, hasta que Cristo trajo su luz al mundo y a sus nuevas vidas infinitas. ALABAREMOS A NUESTRO DIOS, A NUESTRO GRAN REY, POR SIEMPRE Por eso, has que tu alma diga día y noche a tu Dios y Creador de tu vida eterna: Te exaltaré, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre, mientras viva en la tierra y de igual manera en el reino, como en el paraíso o como en tu nueva ciudad celestial e infinita del cielo. En donde todos te honran y alaban tu nombre santo, en el nombre y en el espíritu de la verdad y de la justicia viviente, que trajo a nuestro redentor a la tierra, para vivir su vida santa y en el Tercer Día, levantarse gloriosamente de entre los hombres muertos, para seguir honrando tu nombre más allá de la eternidad venidera. Y esta vez, para seguir alabando y honrando tu nombre sagrado con mayor gloria y honra que antes, en los corazones de los ángeles celestiales y así también, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, para nunca más volverte a dejar sin tu bendición y sin tu glorificación celestial, oh Dios, ¡Padre Nuestro! Por lo tanto, cada día te bendeciré, y alabaré tu nombre eternamente y para siempre, ¡ Padre Nuestro! Porque eres el perfecto amor de mi corazón y de mi alma eterna, también, en la tierra y en el nuevo universo celestial de tus ángeles fieles y de tu nueva humanidad redimida eternamente, por la sangre del pacto eterno de Cristo, el único salvador posible del paraíso y de la tierra, hoy mismo y por siempre, en la eternidad. Pues grande eres, oh Dios Nuestro, en nuestros corazones y en cada día de nuestras vidas por la tierra, también, porque como tú, oh SEÑOR, no hay otro igual, en el cielo ni en la tierra ante los ojos de los ángeles y ante los ojos de la humanidad entera, también. Porque mucho más son los ojos de los ángeles del cielo y de la humanidad entera que habitan en los cielos y que nos ven alabarte: alabarte sólo por la sangre de Cristo, desde el día que nuestro Jesucristo venció a Lucifer, no con armas de pecadores, sino con el mismo espíritu de su misma sangre, para darnos su felicidad infinita. Por ello, digno eres también de suprema alabanza, como en los cielos con tus ángeles y así también con los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, en el paraíso y en toda la tierra, día y noche y por siempre, en tu nueva eternidad venidera del nuevo más allá indestructible e imperecedero. Porque realmente tú eres el mismo en el corazón de tus seres amados, ángeles y hombres, desde la eternidad y hasta la eternidad, también, ¡Padre Celestial! Porque como tú, oh Dios Nuestro, no hay otro igual, en gloria, en grandeza y en amor infinito, para con cada uno de tus seres creados, creados por tu palabra, por tu nombre y por tus manos santas, libres y limpias eternamente y para siempre de todo mal del enemigo eterno, Lucifer. Por eso, sólo a ti es dada toda gloria en el cielo y en la tierra, por los ángeles y por los hombres, mujeres, niños y niñas, redimidos por el espíritu de la fe viviente, del nombre y de la sangre del Señor Jesucristo, nuestro único y eterno redentor de nuestras vidas, en toda la creación terrenal y celestial, también. Además, tu grandeza es insondable, desde tiempos inmemoriales y hasta la nueva eternidad venidera, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos. Porque sólo tú puedes entender con tu mente y con tu corazón: las maravillosas y grandezas que han salido de tus palabras, de tu nombre y de tu Hijo, el Señor Jesucristo, para alcanzar el bien de cada ángel y así también el bien de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, del ayer y de siempre. Por eso, eres grande y eternamente y para siempre digno de todo amor y de toda honra, de la misma vida eterna de tus seres creados, Padre Nuestro que estás sentado en tu trono de gran gloria y de gran honra infinita, en el nuevo reino de los cielos, en este mismo día y en esta misma hora, también. Por esta razón, nadie que no ame a Dios y a su Hijo amado, el Señor Jesucristo, podrá jamás entonces tener el Espíritu Santo en su corazón y en su alma viviente, también, para poder entonces descifrar y entender, a la vez, las muchas grandezas, maravillas, milagros y prodigios gloriosos de tu nombre, de tu palabra y de tu misma vida santísima. Y esto es del espíritu de vida eterna, de la sangre del pacto eterno, de tu Árbol Viviente, clavado sobre los arboles cruzados y sin vida de Adán y Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para alcanzar y entregarle día y noche el bien de todo hombre de la humanidad entera. ¿Y quien realmente jamás podrá entender ésta gran obra sobrehumana, la cual le ha hecho tanto bien al cielo y a la tierra, al destruir el pecado y, a la vez, redimir a la humanidad entera de su muerte segura en el infierno? Pero aunque el mundo no lo entienda, en su gloria y en su grandeza infinita, entonces Dios aun así lo hizo y todo muy bien, también, por amor a la vida de sus hijas e hijas de la humanidad entera, del ayer y de siempre. Para que entonces el corazón del hombre y de la mujer ya no sigan viviendo bajo los poderes terribles de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, sino todo lo contrario. Y esto es, de que cada pecador y cada pecadora, entonces pueda tener una comunicación constante con el Creador de su vida, por medio del espíritu, de la oración de fe, del nombre sobrenatural y lleno de gracia infinita de su Hijo, para que su alma viva y alabe a su Dios y único fundador de su vida eterna. Es decir, también, para que no sólo sus pecados sean perdonados, sino que su corazón y su cuerpo entero sea sanado del mal del enemigo, Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo, y así entonces pueda vivir y alabar a su Dios con su nueva vida infinita, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. Para que entonces su corazón sea, desde ese momento en adelante: libre y limpio de la maldad de las mentiras de Lucifer y de sus secuaces, para que en el acto pueda tener no sólo una comunicación constante con su Dios, sino que también pueda, a la vez, rendirle gloria y honra a su nombre santo, como debe de ser siempre. Y esto ha de ser en su vida y en la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la tierra, como en la vida de cada ángel del cielo, por ejemplo, el cual siempre ha amado y ha exaltado el nombre grandioso y eternamente honrado de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los cielos. Porque la verdad es que el corazón del hombre (y así también de la mujer) ha de poder realmente vivir la felicidad divina, si tan sólo honra y alaba con su corazón y con sus labios: el nombre de su Hijo amado, para cumplir toda justicia y toda verdad con su Dios, en la tierra y en el cielo, también, infinitamente. Porque la verdad es que, también, sólo el Señor Jesucristo es la honra y la alabanza perfecta, para alcanzar a nuestro Padre Celestial y bendecir su nombre adecuadamente, en un segundo, cumpliendo así toda verdad y toda justicia en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, redimidas eternamente y para siempre, por los poderes de la sangre del pacto eterno. Ya que, sin el espíritu de la sangre del Señor Jesucristo viviendo en nuestros corazones, entonces no podremos jamás realmente bendecir y así amar a nuestro Dios y a su Espíritu Santo, en nuestros espíritus humanos y en nuestros nuevos días y noches de vida y de salud eterna, en la tierra, en el paraíso o en La Nueva Jerusalén. Realmente, sin el espíritu de la sangre, del Señor Jesucristo en nuestras vidas, no sabríamos, ni memos podríamos verdaderamente servir y amar por siempre, en el espíritu y en la verdad de su nombre, en la tierra ni en el paraíso, tampoco, a nuestro Dios y a su Espíritu de vida y de salud eterna, de nuestras nuevas vidas celestiales. Entonces es muy bueno que el corazón del hombre reciba a su redentor en su corazón, lo antes posible, para que entonces comience a exaltar y a honrar el nombre sagrado de su Dios y de su Espíritu Santo, como debió de ser así, desde el comienzo de todas las cosas, en el paraíso con Adán y Eva, por ejemplo. Porque nosotros hemos sido creados para vivir en la tierra santa del paraíso, puesto que somos del cielo y de su inmortalidad, para servir a nuestro Dios y a su Árbol de vida eterna, día y noche y por los siglos de los siglos, en la nueva eternidad venidera del nuevo más allá, de Dios y de sus huestes celestiales. Porque la realidad es que el hombre ha sido creado en las manos de Dios para alabar y para honrar su nombre santo día y noche, en su corazón y en toda su alma viviente, también, en la tierra y en el paraíso, eternamente y para siempre. Porque nuestro Padre Celestial es digno de toda gloria y de toda honra que emane de nuestro corazón hacia Él y hacia su nuevo infinito, en el nombre sagrado de su fruto de vida y de salud eterna, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Ya que, su grandeza es inescrutable en los corazones de los ángeles del cielo y así también en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, si es que el Señor Jesucristo no vive en su vida, desde hoy mismo y para la nueva eternidad infinita del más allá. Entonces si decides alabar y honrar a tu Dios y Creador de tu vida, mi estimado hermano y mi estimada hermana, pues no hay mejor manera, en el cielo, ni el paraíso, ni la tierra ni en la nueva ciudad celestial del gran rey Mesías, que no sea sólo ¡el Señor Jesucristo!, en tu corazón y con tus labios, también. ALABEN A DIOS EN SU SANTUARIO, EN SU FIRMAMENTO Y POR SUS GRANDEZAS Entonces nuestro Dios le ha puesto éste gran mandamiento en el corazón del ángel del cielo y así también en el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de la tierra, para servir por siempre en alabanzas y en honras a su Dios y Creador Eterno, ¡el Todopoderoso de Israel y de la humanidad entera! Pues entonces el corazón y el alma eterna del hombre pueden realmente decirle a su Dios día y noche y sin cesar y hasta aun más allá de la eternidad venidera: ¡Aleluya! ¡ Alaben a Dios en su santuario, en la tierra y en el cielo! ¡Alábenle en su poderoso firmamento y de todas sus cosas de las que se ven y de las que no (se ven)! ¡Alábenle por sus proezas, por sus acciones heroicas (como su vida sagrada y la cruz del calvario, por ejemplo), por sus grandezas, por sus maravillas, milagros y prodigios en los cielos y en la tierra! ¡Alábenle por su inmensa grandeza, la cual jamás ha dejado de ser en nuestros corazones y en nuestras almas eternas, también! ¡Aleluya! Porque para su santuario, realmente, todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, como los ángeles del cielo, han sido creados, para que estén por siempre delante de Él, sirviéndole y adorando con su nombre santo, día y noche y por los siglos de los siglos, en la tierra y en la nueva eternidad venidera del reino celestial. Pero Lucifer ha querido troncar el plan de Dios, para que éste gran bien jamás le ocurra a ningún ángel del cielo y así también a ningún hombre ni a ninguna mujer de toda la tierra. Sin embargo, nuestro Dios lucha por cada uno de nosotros, para que éste bien infinito se haga una realidad, en nuestros corazones y en nuestras vidas, en la tierra y en el paraíso, también. Porque nosotros "le debemos glorias y honras infinitas a Él y a su nombre, desde nuestros corazones y hasta la nueva eternidad venidera del nuevo reino celestial y de su Espíritu Santo", rodeado por siempre, de los frutos del Árbol de la vida, los descendientes de Adán, y de sus millares de huestes angelicales, cantándole diariamente a su nombre eterno. Diciéndole a Él, aquel que vive por los siglos de los siglos, en el reino de los cielos: ¡Glorias y aleluya a tu nombre bendito, Padre Celestial! ¡Sólo a ti sea la gloria y la honra infinita en toda la tierra y en el paraíso, también, eternamente y para siempre! ¡No hay nadie como tú, oh Dios nuestro: Santo y Perfecto en amor, misericordia, verdad, justicia y gracia infinita, para con todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, de los que aman tu nombre santo, en el nombre sagrado de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo! ¡Por eso, los ángeles te alaban aun en la magnificencia de tu firmamento y de tus muchas cosas gloriosas y misteriosas, como de las que se ven o no (se ven)! ¡Misteriosas y sublimes, y no se entienden aun, en muchos casos casi ninguna de ellas, en sus millares, en toda la bóveda celestial, porque han salido sólo de tu sabiduría divina e inescrutable! ¡Porque realmente son muy sublimes para las mentes de los ángeles del cielo y, también, para las mentes de los hombres de toda la tierra! El ángel, por más que lo intente en su corazón y en su mente limitada, por más sabio que sea, no podrá jamás entender la magnificencia del firmamento creado por las palabras de Dios, desde la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo. Pues así también el hombre y la mujer de toda la tierra, por más que lo intente, realmente sus corazones y sus mentes eternas jamás podrán entender nada de la magnificencia del firmamento, si Cristo no es una realidad en sus miradas, en sus almas infinitas, en la tierra y en el paraíso, de la misma manera. Porque para entender la magnificencia del firmamento y sus muchas cosas inmensas, profundas y grandiosas, entonces el ángel del cielo, y así también el hombre y la mujer de la tierra, tienen que estar dotados de los poderes sobrenaturales del Espíritu de la sangre viviente, del pacto eterno entre Dios y nuestro padre Abraham, por ejemplo, en la tierra. Porque es éste espíritu de la sangre bendita del Cordero Escogido de Dios, el cual realmente le da vida al corazón y luz a la mente del hombre (y al ángel del cielo, por igual) en todas las cosas concernientes, a la ciencia del firmamento y de sus grandezas infinitas, también. Es por eso, que los que viven sin Cristo en sus corazones, entonces no están en la luz de la vida y de la sabiduría eterna del Árbol de la vida, de Dios y de su Espíritu Santo, sino que todo lo contrario es la verdad en sus vidas. Realmente cada uno de ellos aun permanece en las profundas tinieblas, del fruto prohibido del árbol de la ciencia, del bien y del mal, para seguir siendo ciego, como siempre, en su corazón y en su mente eterna, para tropezar a cada paso que da, en la verdad y en la justicia, de la creación de nuestro Dios y de Jesucristo. Por eso, todo ser creado tiene que alabar y honrar a su Dios con su corazón y con su espíritu de vida, por sus muchas proezas infinitas, para que su vida crezca y así también su sabiduría de su corazón y de su mente, para entender muchas cosas más de Dios, en la tierra y en la eternidad venidera, también. Y así por siempre alabarle del mismo modo por todas sus grandezas, las cuales ha manifestado a los ángeles del cielo y a todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, por medio de su palabra y por medio de la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque las grandezas de nuestro Dios en los cielos y en la tierra aun no las hemos visto todas, sino tan sólo unas cuantas, las cuales son muy pocas (o casi nada), por cierto, comparado con la inmensidad de las bóvedas celestiales del universo y del reino celestial, por ejemplo. Pero cuando Cristo sea una realidad en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, también, entonces hemos de ver muchas más de todas ellas (si no todas), en la tierra y así también en el paraíso y en su nueva ciudad infinita: La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo. Por eso, todo nuestro amor debería ser siempre dirigido a Él, a aquel que vive por los siglos de los siglos, en los lugares altos del cielo más alto que el reino de los ángeles, en donde nuestro Dios pensó por vez primera, formarnos en sus manos, para hacernos como Él, como su Árbol de vida, ni más ni menos. Es decir, para hacer que cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las razas, familias, naciones, pueblos, linajes, tribus y reino del mundo, entonces lleve su gloria y su honra infinita, como su imagen y como su semejanza perfecta, en la tierra y en el cielo, de igual forma, eternamente y para siempre, para gloria de su nombre. Y es por esta razón, que nuestro Padre Celestial siempre te ha llamado a ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana, sin cansarse jamás de ti ni de ninguno de los tuyos, tampoco, en todos los lugares del mundo entero, desde la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo, para que le comiences a servir sólo a Él. Para que le comiences a servir a Él, sólo como a tu Dios y como a tu único salvador personal, en esta vida y en la venidera, también; y así únicamente le sepas alabar y honrar, eternamente y para siempre, en tu corazón y con toda tu alma eterna, redimida por el sacrificio supremo de sangre sobrehumana de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Es decir, que nuestro Dios ha redimido tu alma eterna del mal del pecado, por la sangre del pacto eterno del Señor Jesucristo, clavado en los árboles cruzados y sin vida de Adán y Eva, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en Israel, para darte vida en abundancia, y, por ende, "le alabes interminablemente". Con el fin de que sólo conozcas la verdad y la justicia infinita de amarle por siempre y de exaltar a su nombre en tu corazón y en todos los días de tu vida, en la tierra y en el paraíso, para que jamás te vuelvas alejar de Él y de su Árbol Viviente en tu vida, ¡ el Señor Jesucristo! Entonces alabar a nuestro Dios, por amor a la verdad y a la justicia de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, es vivir, para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera. Y hoy en día, así es contigo y con cada uno de los tuyos, en donde sea que se encuentren en toda la tierra, mi estimado hermano y mi estimada hermana. Y así es, siempre el alabar a nuestro Dios es vivir para los ángeles del cielo y para todos los hombres, mujeres, niños y niñas de toda la tierra, desde hoy mismo y por siempre, en la eternidad venidera del nuevo reino de Dios. El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo. ¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre! Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo. LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones! SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos: PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí". SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos". TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano". CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó". QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da". SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio". SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio". OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás". NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo". DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo". Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra. Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas: ORACIÓN DEL PERDÓN Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas. Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14: NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR. ¡CONFÍA EN JESÚS HOY! MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE. YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS TUYOS, EN EL DÍA DE HOY. - Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su MUERTE. Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete): Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA. QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR. ¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____? ¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____? Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora: Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás. Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios. Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre. El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre. El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad. http://www.supercadenacristiana.com/...player-wm.asp? playertype=wm%20%20/// http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx http://radioalerta.com |